La Ley de Zipf o sobre qué escribimos

publiberia_temas_literaturaEn el siglo XX, la lingüística estuvo todo el tiempo disputándole a la física, a la informática y a la biotecnología el título de “la ciencia más importante del siglo”.

La razón es muy sencilla: el lenguaje es la base del pensamiento, y su descripción y funcionamiento se antojaba vital para el resto de disciplinas. Sin ir más lejos, la inteligencia artificial, por ejemplo, tuvo que recurrir a la lingüística para dar sus primeros pasos. Resultaba evidente que si queríamos comunicarnos con un robot, había que enseñarle a hacerlo, y nada mejor en este caso que la lógica del lenguaje humano.

En medio del desarrollo y la “matematización” de la lingüística en la primera mitad del pasado siglo, el estadounidense George Kingsley Zipf enunció los principios de lo que luego se conocería como “Ley de Zipf”.  Aunque en su esencia es algo más compleja, podemos resumirla en que la palabra más usada en un texto, aparece el doble que la segunda más usada, tres veces más que la tercera palabra más usada, y así.

A veces ni siquiera el mismo autor es consciente de la cantidad de veces que emplea una misma palabra, lo cual puede darnos pistas de sus intenciones, ideas, o del tema mismo de una obra.

Hay varias formas de saberlo. La primera, una lectura atenta, sin duda (para mí sigue siendo la mejor y más auténtica forma), pero también podemos echar mano de herramientas informáticas. En Word, por ejemplo, se podría programar una Macro que las contase (hay varias en Internet que se pueden descargar gratuitamente), y también hay varias páginas, como www.contadordepalabras.com, donde podemos copiar y pegar un texto y nos indica la densidad de las palabras más utilizadas.

Ojo con las estadísticas: tal y como nos recordaba Jonathan Swift, a veces las palabras más importantes de una obra literaria no son las más evidentes, ni las que más se repiten, ni siquiera los sustantivos o los verbos, sino que pueden ser aquellas menos relevantes, casuales, marginales, y que se colocan donde menos lo esperamos.

Para dar con ellas, sigue sin haber leyes ni fórmulas: El corazón todavía no entiende de herramientas…

La Ley de Zipf o sobre qué escribimos